22 de enero de 2011

Capuera

Según nos dice nuestro amigo Lucas, experto en estas tierras, la "capuera" es la vegetación que se encarga de proteger el suelo de la erosión natural. Como cuando se hace un claro en la selva, con la caída de árboles: primero nacen plantas cicatrizantes o colonizadoras, en el proceso de recuperación de la selva, y dan paso luego a la capuera. O lo que yo llamo el bajo monte, el bajo selva, o la selva incipiente, selva bebé, que toma y se apodera de los terrenos abiertos, y poco a poco teje su trama selvática de pastos yacaré, lianas y todas esas cosas incipientes que luego se vuelven lapachos, palos rosa, guayubira, loro blanco, guatambú, viraró, cedro, caroba, cancharana, peteribí, ibirá pitá, y uff... todas esas especies verdes, frondosas e imponentes. Término que no deberá confundirse con la capoeira, danza brasileña ajena a nosotros, please. Obrigada.

Entonces, Toco, el jardinero fiel, parece haber encontrado su segunda vocación al internarse en la capuera zarandeando machete y abriendo paso a ¡ahhhhhhh! ese mundo de aire fresco, ininterrumpiedo la vista hacia un horizonte verde, sí, pero abierto, extenso, brillante.

Decía mi mamá que los pueblos de esta tierra no conocían el horizonte, acechados siempre por los misterios (¿amenazas?) que les deparaba la selva de malla estrecha.

Hasta que llegó Toco, y entró en acción...

21 de enero de 2011

Rosa viejo

Rosa viejo es el color de esta orquídea que acaba de florecer. Nos sorprendió un día llena de capullos gordos, hinchados, a punto de explotar. Pimpollo a pimpollo, fue abriendo sus pétalos, para dejar salir todo eso que tenía guardado adentro. Y vi asomar un color mate, pero fuerte e intenso, y pensé que se había equivocado... simplemente porque siempre las he conocido brillantes y gritonas.

Rosa viejo era el color que le gustaba a mi abuela, y que le sentaba bien. La Nana, una mujer desde siempre pituca, siempre arreglada, con su pintalabios y sus collares haciendo juego. Siempre, incluso cuando un día se hizo viejita y ya le costaba moverse. Sus collares, los labios pintados y sus ojos pícaros me recibían igual, en su sillón de la esquina, haciéndome así con el dedito, porque de picardía sabía más ella que yo. No había donde esconderse. Me esperaba con el mate y una tortita. Y así pasamos el último verano juntas, leyéndole cuentos de amor para niños enamorados, aprendiendo de memoria letras de tango, que después cantábamos a duo y bailábamos al compás. Siento todavía, Nanis, tu cuerpito ya chiquito y tu cabecita hermosa que movías al bailar, con esos ojos que me siguen mirando y espiando desde el Más Allá. Esta orquídea te la dedico, a casi dos meses de ya no estar con nosotros.

Vista al río















¿La casa de la Selva o la casa del Río? Un poco de las dos cosas. Primero lo primero... la estructura. Luego vinieron las paredes, para que se luciera la guayubira. Pero eso para el próximo post.














Como si nada, esto es lo que será la puerta al gran deck, con vista al río Iguazú, que divide el suelo argentino del brasileño. Será más grande el deck que la casa, pero en esta tierra la vida pasa al aire libre. Y esa agua que corre frente a nuestros ojos es la misma que le dio vida a los saltos de Cataratas: Garganta del Diablo, Bosetti, Dos Hermanas, San Martín y quién sabe cuáles otros de los 200 saltos. Entonces nos trae los sonidos, los colores, las historias de pueblos y de pájaros que nos transportan a una cuenca que nace más allá de nuestras tierras. María Laura, ¡qué hermosa casa en la que vas a vivir!

Piper


"Pero qué hermosho que soy", dice el Piper, feliz ante la perspectiva de salir a pasear en jeep.

18 de enero de 2011

Lluvia de verano, está todo dicho

Para economizar palabras, y porque el ciclo de la vida es más fuerte, remontémonos al 2008 para describir la lluvia misionera...
http://flattybouch.blogspot.com/2008/07/lluvia-de-verano-en-iguaz.html

17 de enero de 2011

¿En qué estarías pensando, Pá?


Picnic de sábado, con la selva del otro lado del sendero, papá y yo. Papá pensando en que la cerveza no estaba lo suficientemente fría, inventando un nuevo mecanismo--mientras intenta posar para la foto-- para que no le vuelva a fallar la refrigeración de la conservadora móvil cargada en la caja del Jeep, bajo el sol implacable de las 2 de la tarde de un verano en Iguazú.
Métodos de refrigeración no le faltan a Don Novas quien, cual Melquíades, cree ciegamente en el poder revolucionador del hielo. Entonces nos tiene coleccionando botellas de plástico, que descogotará para hacer hielo y conservar en un freezar vacío--pero andando--donde congelará y fabricará su metal tan preciado, cosa con la que llegada la noche de la velada se pueda llenar los envases de 50 litros con el agua de muy baja temperatura donde enfriar, mejor que de ningún otro método, las bebidas espirituosas y gaseosas que nos acompañarán en la cena, por medio de un proceso de alquimia que nos dejará a todos asombrados y boquiabiertos, corcho tras corcho, o tapita de Quilmes tras tapita de Quilmes (O Stella, o Heineken, o la rubia que tenga para vender el mercadito de la cuadra).

Rodeados de verde

La exhuberancia de la selva misionera lo deja a uno sin palabras. Ya sea dentro del perímetro de la casa, o por fuera.

Esta no es la flor del irupé, sino la flor de otra planta flotante cuyo nombre, ahora, pasada la medianoche, no me viene a la mente. Vive un sólo día, florece y muere, en la poza con cascada, rana y pescaditos...

Luego viene la Dama de noche, esta sí, florece de noche y ya para el amanecer se marcha. Floreció la noche de Año Nuevo, para regalarnos su aroma sutil y su pristina belleza blanca, desde la ventana de la cocina de mi casa:


Y ya, aventurándonos fuera de la casa, en un paseo por la nueva zona hotelera, emplazada en tierra de los guaraníes, las famosas 600 hectáreas. La mitad se escrituró a nombre de las tribus y la otra mitad fue a parar a manos de grandes hoteles que, rogamos, sepan cuidar y preservar la fuerza de la naturaleza como sus vecinos, los pueblos originarios de esta tierra:


Puerto Bemberg

El domingo en Iguazú es (y siempre fue) un día de paseo--sea por Cataratas, por el camino de Palo Rosa, sea hasta el Urugua-í o, como en este caso, hasta Puerto Bemberg, en Libertad.

Desde chiquitos subían los grandes con el mate y los chicos, al auto, y salíamos a dar una vuelta. Mi abuelo sacaba fotos para después pintar el paisaje misionero, los atardeceres y el color naraja furioso del ocaso que anunciaba más calor para el día siguiente. Un hábito que marcó la infancia y de a ratos olvidado por la novedad de la pileta o los amigos del pueblo, quienes competían por nuestros ratos libres.

Pero estamos acá para recordar, revivir y reconectarnos. Para eso estamos y a eso hemos venido.

Entonces ayer arrancamos, con mate en mano y tarta de ricota y coco, rumbo a este rincón sobre el río Paraná, en busca de plantines de lapacho (árbol provincial), carobá (una versión--o no--del jarandá, según si le consultamos o no a Lucas, el experto en flora misionera), loro negro (¿o blanco, Lau?) y viraró, o como se diga o proncuncie.

Puerto Bemberg tiene un vivero que le ha quedado grande y ahora vende sus plantines a la población en general. Y aquí va María Laura eligiendo los plantines de hoy que darán sombra a nuestros nietos y sobrinos nietos:



Y para los románticos, acá va el enlace de esta posada que atrapa y no suelta más:

http://www.puertobemberg.com/


Mi amigo fiel

Tomé ánimo un día, y venciendo mi pereza de sábado matinal, mientras me debatía entre tomar sol con protector 40, leer Eva Luna, escuchar música o practicar los últimos movimientos de tenis que me enseñó mi profe Ninja, o simplemente hacer fiaca en la hamaca paraguaya, superando toda tentación de vagancia, tomé fuerzas--conste, luego de un desayuno tropical de jugo de naranja con granola casera preparada especialmente para mi papá--y decidí regalarle a mi amigo y compañero fiel un baño de agua y jabón, para que se deje abrazar más de lleno, más seguido y pudiéramos compartir más a fondo esta amistad que se ha ido contruyendo mimo a mimo.

El Piper es un chachorrazo de 3 años, con un pelaje negro elegentísimo y brillante, pura fibra y músculo, con unas ganas de querer y ser querido, que se parece a más de uno de nosotros (a los que entre nosotros nos dejamos querer, that is...). Y hemos hecho experimentos--o no tanto--para comprobarlo. Perro relativamente educado, no entra jamás a la casa (salvo un descuido donde no queda nadie, las puertas abiertas y él, cual perro bacán, se instala en el frescor del piso de cerámica roja.) Ni bien se gesta un abrazo, el Piper se levanta, salta, abre la puerta corrediza, se abre paso dentro del abrazo y mete cabeza para no quedar afuera de ese mimo colectivo. ¿De dónde saca esa percepción de cariño? No sé, pero que este cachorro consume más mimo que muchos de nosotros, de seguro que sí. Acá va una auto foto, de noche (lamento la falta de nitidez) donde Piper y yo jugamos hasta morir de felicidad.

Sabores

¿La receta para destrabar nudos? La cocina. No sé si lo dijo Blanca Cotta, lo inventé yo, o lo mamé desde chiquita en la cocina de mamá, pero la sensación de felicidad es total. Y está en el dar, y en el darse. A pesar de la selección limitada de ingredientes (no, nada de Whole Foods ni specialty stores acá...), el sábado al mediodía me inventé unas brochetas mixtas, y el detalle fue el gratinado de queso parmesano chiquitito y diminuto, que se dejaba dorar como toque final--nada que envidiarle a los galetitos del restaurant de la Cámara de Comercio de antaño. O mejor dicho, ¡cuántos recuerdos trajeron estas humildes brochetas! Para darles un lugar adecuado, le pedí a papá que--a pesar del calor y todo--subiera la mesa y las sillas de plástico al jeep y fuéremos a armar picnic junto al Museo donde trabaja Laura (Ana, el Museo está en el borde del Parque Nacional Iguazú, por eso el verde. Pero todo lo que se ve es el mero estacionamiento. Igualmente, todo tiene medidas exhuberantes en esta región). Brochetas, ensalada y cerveza (nadie se atreve al vino a estas horas y con estos calores).
















La siesta fue la primera siesta de la temporada y eso que estamos a mediados de enero. Me levanté con ánimos de fiesta, puse musiquita (mis amigos Los Cocineros, un descubrimiento cordobés recomendable) y largué unos tallarines tipo cintita con salsa de marisco para chuparse los dedos. (Yeli, gracias por acompañarme a la hora de cortar los tallarines). Se armó una velada súper deli, cenamos bajo la mediasombra cubierta de orquídeas hasta que no nos quedaron más ganas de comer y se nos acabó el vino.





Los tuve presentes a todos ustedes, mis amigos queridos, porque hemos compartido muchas cocinas y muchas comidas.