Desde chiquitos subían los grandes con el mate y los chicos, al auto, y salíamos a dar una vuelta. Mi abuelo sacaba fotos para después pintar el paisaje misionero, los atardeceres y el color naraja furioso del ocaso que anunciaba más calor para el día siguiente. Un hábito que marcó la infancia y de a ratos olvidado por la novedad de la pileta o los amigos del pueblo, quienes competían por nuestros ratos libres.
Pero estamos acá para recordar, revivir y reconectarnos. Para eso estamos y a eso hemos venido.
Entonces ayer arrancamos, con mate en mano y tarta de ricota y coco, rumbo a este rincón sobre el río Paraná, en busca de plantines de lapacho (árbol provincial), carobá (una versión--o no--del jarandá, según si le consultamos o no a Lucas, el experto en flora misionera), loro negro (¿o blanco, Lau?) y viraró, o como se diga o proncuncie.
Puerto Bemberg tiene un vivero que le ha quedado grande y ahora vende sus plantines a la población en general. Y aquí va María Laura eligiendo los plantines de hoy que darán sombra a nuestros nietos y sobrinos nietos:
Y para los románticos, acá va el enlace de esta posada que atrapa y no suelta más:

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