Rosa viejo es el color de esta orquídea que acaba de florecer. Nos sorprendió un día llena de capullos gordos, hinchados, a punto de explotar. Pimpollo a pimpollo, fue abriendo sus pétalos, para dejar salir todo eso que tenía guardado adentro. Y vi asomar un color mate, pero fuerte e intenso, y pensé que se había equivocado... simplemente porque siempre las he conocido brillantes y gritonas.
Rosa viejo era el color que le gustaba a mi abuela, y que le sentaba bien. La Nana, una mujer desde siempre pituca, siempre arreglada, con su pintalabios y sus collares haciendo juego. Siempre, incluso cuando un día se hizo viejita y ya le costaba moverse. Sus collares, los labios pintados y sus ojos pícaros me recibían igual, en su sillón de la esquina, haciéndome así con el dedito, porque de picardía sabía más ella que yo. No había donde esconderse. Me esperaba con el mate y una tortita. Y así pasamos el último verano juntas, leyéndole cuentos de amor para niños enamorados, aprendiendo de memoria letras de tango, que después cantábamos a duo y bailábamos al compás. Siento todavía, Nanis, tu cuerpito ya chiquito y tu cabecita hermosa que movías al bailar, con esos ojos que me siguen mirando y espiando desde el Más Allá. Esta orquídea te la dedico, a casi dos meses de ya no estar con nosotros.
21 de enero de 2011
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