El Piper es un chachorrazo de 3 años, con un pelaje negro elegentísimo y brillante, pura fibra y músculo, con unas ganas de querer y ser querido, que se parece a más de uno de nosotros (a los que entre nosotros nos dejamos querer, that is...). Y hemos hecho experimentos--o no tanto--para comprobarlo. Perro relativamente educado, no entra jamás a la casa (salvo un descuido donde no queda nadie, las puertas abiertas y él, cual perro bacán, se instala en el frescor del piso de cerámica roja.) Ni bien se gesta un abrazo, el Piper se levanta, salta, abre la puerta corrediza, se abre paso dentro del abrazo y mete cabeza para no quedar afuera de ese mimo colectivo. ¿De dónde saca esa percepción de cariño? No sé, pero que este cachorro consume más mimo que muchos de nosotros, de seguro que sí. Acá va una auto foto, de noche (lamento la falta de nitidez) donde Piper y yo jugamos hasta morir de felicidad.
17 de enero de 2011
Mi amigo fiel
Tomé ánimo un día, y venciendo mi pereza de sábado matinal, mientras me debatía entre tomar sol con protector 40, leer Eva Luna, escuchar música o practicar los últimos movimientos de tenis que me enseñó mi profe Ninja, o simplemente hacer fiaca en la hamaca paraguaya, superando toda tentación de vagancia, tomé fuerzas--conste, luego de un desayuno tropical de jugo de naranja con granola casera preparada especialmente para mi papá--y decidí regalarle a mi amigo y compañero fiel un baño de agua y jabón, para que se deje abrazar más de lleno, más seguido y pudiéramos compartir más a fondo esta amistad que se ha ido contruyendo mimo a mimo.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario